Friday, April 29, 2011

VENEZUELA: EXPERIENCIA DE VIDA O TRASPLANTE II PARTE


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En Virginia casi nunca pienso en esa posibilidad. Allí duermo, en ocasiones, con las puertas abiertas y la muerte violenta ha dejado de ser una idea fija, aunque se mantiene alerta, por si acaso. Por otro lado, tengo ocho años sin ver una mosca, una cucaracha y, mucho menos una serpiente. La ausencia de estas experiencias que era tan frecuentes en Venezuela es una variante poderosa de la felicidad.

La tercera razón ha sido inesperada. Donde vivo ahora he tenido mejor acogida y reconocimiento que en mi patria. Aún cuando el clima para los extranjeros ya no es el mismo que era antes del 11/9, me siento aceptado por nuevos amigos, vecinos y colegas. Hasta he logrado trabajo, lo cual es casi imposible para un septuagenario en Venezuela. No me dan empleo fijo, es cierto, pero si trabajo a destajo: un taller de gerencia por aquí, una traducción por allá, artículos para la prensa especializada que me pagan a tantos centavos por palabra. Y mucho de ese trabajo lo puedo hacer sin quitarme la piyama. Cuando presento mi declaración de impuestos ha experimentado, por primera vez en la vida, la maravillosa sensación de recibir un re-embolso. De manera que, en algunos sentidos, el impuesto sobre la renta se ha convertido en un cochinito en el cual puedo ahorrar algo durante el año. Soy invitado a dar charlas sobre mi patria y sobre la región latinoamericana en muchas ciudades del país y, en algunas ocasiones, hasta me pagan honorarios, aunque confieso que pagaría por hacerlo.

Una cuarta razón tiene que ver con lo culto del paisaje del país donde vivo. Venezuela es un hermoso país en lo macro pero de paisaje frecuentemente inculto en lo micro. El Caroní encontrándose con el Orinoco es una visión inolvidable, como lo es el vuelo súbito de miles de loros multicolores para quien pasa en helicóptero cerca de un tepui. La puesta de sol en Juan Griego es extraordinaria y los llanos del Táchira son muy hermosos. Pero el paisaje venezolano en el cual el ser humano tiene participación y responsabilidad deja mucho que desear: los jardines están invadidos por la maleza, la basura se acumula en las calles, las paredes están pintorreteadas hasta por sacerdotes chavistas como Ivan Atencio, quien ensucia las paredes de Maracaibo para hacerse propaganda electoral. En Venezuela existe hoy un aire de deterioro general. Las casas, calles y edificios han visto pasar sus mejores días y muchas carreteras están a punto de derrumbarse. Ese es un espectáculo que va envenenando a la gente que anhela un ambiente más refinado.

En Virginia me asomo por la ventana y veo las calles cuidadas, los árboles y flores bien tratados, el respeto por la naturaleza es evidente. Ello me ha intensificado el amor por el paisaje y ha promovido mis deseos de participar activamente en las tareas comunitarias. Trabajo como voluntario en un hospital y me siento útil.

Los contrastes entre los dos ambientes son múltiples. La esencia del asunto es que ahora tengo un pié plantado en mi patria y otro pie plantado en el país que me ha recibido tan generosamente. No soy un caso excepcional, miles de venezolanos ya experimentan similares sentimientos. Algo que me preocupa un tanto es esa tendencia que existe entre algunos venezolanos de hoy a medir el patriotismo por quienes se quedan y por quienes se ausentan. Mi experiencia rechaza esa innecesaria y hasta peligrosa dualidad. Pienso algo que suena a blasfemia hoy pero que, casi seguramente, será aceptado normalmente en un futuro que se acerca a pasos agigantados. Creo que los países comienzan a ser ficciones en un planeta que está luchando por su supervivencia. Las nociones de territorio, de patriotismo, ceden ante las urgencias planetarias. Hoy en día se lleva a cabo un gigantesco fenómeno de migración humana, desde sitios inhóspitos hacia sitios más acogedores. Millones de seres humanos están en movimiento, en migraciones que asemejan a esas grandes migraciones animales del territorio africano que uno ve en la televisión. Lo que domina esos movimientos es la necesidad primaria de sobrevivir en buena forma, física y espiritualmente. No es falta de amor, o de patriotismo, o carencia de sentimientos. Al contrario, no hay nada como la ausencia para exacerbar el amor por el terruño. Pero Venezuela ya no es una excepción a ese gigantesco movimiento humano, desde sus áreas inhóspitas a áreas que ofrecen mejor calidad de vida. Sobretodo si en nuestro país existe un régimen político que viola los principios de millones de venezolanos, quienes nacieron y desean seguir viviendo en libertad y ya se les acabó el tiempo para ver un cambio deseable en su propio país. Respeto las razones de quienes se quedan en Venezuela por elección libre, pero pienso que nadie debe sentirse obligado a vivir en una sociedad donde sus principios y valores son pisoteados. Y pienso, además, que algunas veces se lucha por la patria desde lejos de manera más efectiva que si uno permaneciese fisicamente en ella.

Estas son algunas de las consideraciones sobre mi experiencia en un país ajeno, donde he encontrado millones de seres humanos quienes comparten mis valores.

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