Friday, April 29, 2011

VENEZUELA: EXPERIENCIA DE VIDA O TRASPLANTE



Gustavo Coronel‏
lasarmasdecoronel.blogspot.com

jueves 28 de abril de 2011

Hace casi nueve años dejé atrás mi casa de Sabana del Medio, en el estado Carabobo, para viajar a McLean, en el estado de Virginia. Aunque ese viaje tiene dos o tres paradas a lo largo del camino, constituyó para mí un viaje espiritual sin escalas. Recordé la última visión de la casa que había sido mi hogar por diez años: La vaca del vecino comiéndose las cayenas de mi enredadera, pero también ví por última vez el maravilloso y gigantesco curarí en flor. El juego terminó empatado en mi memoria: un recuerdo grato y otro ingrato.

Había construído esa casa con la ayuda de la gente de la aldea de Barrera, una aldea llena de buena gente, aunque no hubiera biblioteca pública y si siete botiquinies. Hubiera deseado sembrarme alli para siempre, pero no pudo ser. Las invasiones, la suciedad, los apagones, los asaltos, la indignación crónica por el contraste entre el país que deseaba y el país que veía amenazaban con matarme. Mi tensión “normal” se colocó en 17/11.

Mi transplante físico al estado de Virginia ya tiene ocho años y he experimentado una milagrosa transformación, de alguien abrumado bajo el peso de una sociedad que se hundía, a alguien feliz y rodeado de tranquilidad por todos lados. Nadie me garantiza que esa tranquilidad y felicidad serán permanentes. Después de todo, soy un anciano, acercándome a los ochenta años, aunque aún me sienta capaz, de “beber leche (vino rojo, en mi versión), domar un potro y atravesar un río”, como poetizaba Antonio Arraiz. Mi envejecimiento es una ilusión que solo existe en la imaginación ajena. Solo yo se que ello no es cierto.

Lo cierto es que mi estadía en Virginia me ha convertido en una especie de Hans Castorp de la tercera edad. Me siento, como decía el protagonista de “La Montaña Mágica”, un ser mimado por la vida. Y esa sensación de total felicidad está basada, toda ella, en las pequeñas cosas, en lo que nuestro recordado Aquiles Nazoa llamaba “las cosas más sencillas”.

La razón más importante para esa felicidad ha sido la naturaleza predecible de mi vida. En Sabana del Medio, por mucho tiempo, tenía que ir hasta Valencia, media hora a una hora de viaje (dependiendo de las colas) para usar mi lap-top, porque no había manera de conectarse al Internet en Sabana del Medio. La electricidad fallaba todas las semanas por varias horas, por lo cual era difícil conservar provisiones en la nevera. Los artefactos eléctricos se dañaban con frecuencia con las abruptas subidas del voltaje. A veces conseguía el abono requerido por sus plantas, a veces no. Las fruterías, bodegas y ventas de hortalizas en Tocuyito o en Valencia eran, con algunas excepciones, museos melancólicos donde podían verse tres o cuatro plátanos negruzcos guindando, desesperanzados, al lado de una obscena cabeza de cochino. Habían dos o tres librerías que mereciesen ese nombre en toda Valencia. Para mantenerme al dia intelectualmente era necesario ir hasta Caracas.

El transporte público era la máxima expresión de lo impredecible. Los autobuses que pasaban a toda velocidad por la entrada del pueblo no se dignaban parar para embarcar a un pasajero. Si estaba lloviendo, mucho peor o imposible. Los choferes estaban más interesados en llegar primero a su base que en transportar pasajeros. Teoricamente, la gente pudiera haber permanecido en las paradas toda su vida. Frente a la parada del bus podía verse una gran valla con la efigie de Hugo Chávez, al lado de la escuela de Barrera, la cual necesitaba urgentemente una mano de pintura y pupitres. Pero, eso debía esperar. Lo prioritario era la valla con el retrato del prócer.

En Virginia el bus pasa cada 15 minutos y siempre se detiene. En ocasiones soy el único pasajero pero el conductor, de uniforme, me canta las paradas por el micrófono. La luz eléctrica nunca ha fallado a pesar de las tormentas y el internet siempre entra como un león. Abro el grifo y fluye el agua. Los vegetales y las frutas son objetos de arte y, si se compran en temporada, no son más costosos que en Venezuela. Al contrario, son bastante más baratos en relación a los poderes adquisitivos en cada país. Cuando salgo en la mañana a hacer varias diligencias, se que las haré, y en el orden planificado: el banco, el barbero, la librería, la harina “Pan”, comprar vinos. En el banco me dan un cafecito, en la barbería me sonríen, en el mercado siempre hay Harina “Pan”, en la librería o en la venta de vinos paso tiempo viendo los volumenes recién llegados o las 5000 marcas de vinos que hay a la venta (Malbecs espectaculares por $10, Chardonnays excelentes en $9-11, algunas champañas en $12-15. Pero también hay botellas de $50-500 o más de Borgoñas y Burdeos, si es que uno tuviese el dinero para comprarlas, y hay muchos quienes si lo tienen. Esta es, esencialmente, una sociedad de clase media.

La segunda cualidad que promueve la felicidad es la tranquilidad. La vida en el triángulo Sabana del Medio – Tocuyito – Valencia era azarosa. Solo vivir cerca de la cárcel de Tocuyito era suficiente para elevarle la tensión arterial a cualquiera. Todas las semanas se fugaba alguien del sitio y la primera prioridad del fugitivo era encontrar transporte y dinero en los sitios adyacentes, entre los cuales estaba Sabana del Medio. Salir de noche ya era imposible, o, al menos, nada recomendable. Venezuela se ha convertido en el país más inseguro del hemisferio, con 17.000 víctimas de asesinatos al año. Me sentía marcado, aunque posiblemente exageraba porque, quien se va a ocupar de un anciano? Sin embargo, comenzé a creer que un día cualquiera amanecería tieso en un callejón, con varios tiros en la espalda, sin que jamás se supiera quien me había matado. Me dije: “Aunque morir es triste, es particularmente triste morir sin que jamás se sepa que nos pasó o quien nos asesinó. No quiero convertirme en una vulgar estadística, de esas que lleva de manera fraudulenta Elías Eljuri”.’

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